| A veces cruzaban nuevamente con el Bull-terrier y otros lo hicieron con el Boxer o con el Dogo de Burdeos, según el criterio de cada aficionado. Se llegó a obtener un perro bastante standarizado, de color blanco, ojos y nariz negros, cráneo pesado, con un hocico del largo de la cabeza, ojos hundidos y encapotados, labios tirantes; es decir, una cabeza tipo aleonada, tórax amplio y profundo, cuerpo corto y de una musculatura escultural por el esmero en la recría y entrenamiento, cola gruesa y larga que afeaba algo la armonía del conjunto, pero por su origen y selección, de excepcionales cualidades para la lucha.
Entre los ejemplares que más nombradía adquirieron por su extraordinario valor y agilidad para el combate, recuerdo, entre otros, a Chino, Johnson y Ton, de Oscar Martínez, verdaderos gladiadores caninos que terminaron su campaña sin haber perdido una sola pelea; el Roy de los Deheza, el Caradura de don Rogelio Martínez, el Italiano de don Pepe Peña, el Taitú de los Villafañe, el Centauro del Mayor Baldasarre, de cuyo valor legendario dieron pruebas fehacientes en numerosos combates que presenciamos emocionados cuando niños y cuyo recuerdo y admiración la pátina del tiempo no ha podido borrar de nuestra memoria. El ejercicio violento, y a la vez metódico a que sometían a esos ejemplares, les daba un estado atlético excepcional y un estado físico casi perfecto para el combate.
Partiendo de esta base, me propuse, hace unos 25 años, fijar una raza que, conservando estas condiciones de valor, tenacidad y aclimatación, fueran de utilidad general para presa, guarda y destrucción de animales salvajes, es decir, un fiel compañero de nuestro hogar en la ciudad y en la campaña, así como en nuestras aficiones a la caza mayor. |